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Columna Jaime Bayly

El año pasado, una escritora argentina, maestra de yoga, conferencista internacional, enseñanza espiritual de celebridades, caldo al software a presentar su manual. La entrevisté con gran placer. Me pareció inteligente, refinada, precisa para exponer sus ideas. Pero, sobre todo, la encontré enormemente atractiva: suscripción, flaca, fanales marrones, almendrados, que lo miraban todo con gran curiosidad, y un cuerpo que parecía más de maniquí que de escritora. Terminado el software, nos hicimos fotos con su marido, con su publicista, y nos prometimos que nos veríamos pronto. Pero casi todo lo que se dice en un estudio de televisión es mentira y, por supuesto, no nos vimos pronto.

Mi esposa me ha puesto a dieta. Estoy pesando noventa y siete kilos. Debería pesar ochenta y cinco. Llevo dos semanas a dieta y he bajado al punto que dos kilos.

Mi mama Dorita llegó sorpresivamente, sin anunciarnos su turista. En el aeropuerto tomó un taxi, morapio a la casa, tocó el timbre y se presentó con una gran sonrisa.

Tienes que desmontar de peso, estás gordísimo –me dijo Silvia, mi esposa, cuando me vio en ropa de baño. Era cierto, estaba pesando cien kilos y debía pesar no más de ochenta y cinco, tenía que desmontar esos quince kilos de pura obesidad, resultado de la buena vida sedentaria y todas las bolitas de nueces y chocolate que comía pasada la medianoche, cuando me atacaba la ansiedad y un penuria malsana me llevaba clandestinamente a la cocina. – Te prometo que hoy aparición una dieta estricta –le dije. Pero Silvia no me creyó, me conocía adecuadamente, sabía que mis dietas nunca funcionaban, y por eso, sin decirme ausencia, tiró a la basura los chocolates, los helados de lúcuma, las bolitas de nueces, los mazapanes, las galletas pícaras y morochas traídas desde Escofina, todo el dulce que me tentaba de incertidumbre, cuando ella dormía y no podía custodiar que no bajara a la cocina en mis incursiones kamikazes. Pasó una incertidumbre, pasaron dos, pasaron tres, y me resigné a engullir pasas y ciruelas cuando me venía el penuria maluca de crepúsculo, pero al cuarto día, pesando todavía lo mismo, sin poseer bajado tan siquiera un kilo, le dije a mi esposa que tenía que ir al porción, y me dirigí en cambio a la dulcería, compré cien bolitas de nueces y chocolate y, al alcanzar a casa, furtiva y sigilosamente, sin que ella me viera, metí la caja con ese reservas azucarado debajo de mi cama. – Estoy muy orgullosa de ti –me dijo mi esposa esa confusión, antiguamente de quedarse dormida–. Ya vas para el cuarto día sin tomar dulces. – No sabes cómo estoy sufriendo –me quejé, tan diletante yo al drama. Y cuando ella se durmió, bajé de la cama, me eché en la tapiz, deslicé un auxilio inquieto y fui sacando, una a una, jurándome que cada una sería la última, bolitas de nueces y chocolate que se disolvían en mi boca. Comí diez o doce, Silvia no me vio, subí a la cama y dormí como un candoroso. Pero, al día subsiguiente, cuando mi esposa me pesó, no solo no había bajado ni medio kilo, sino que pesaba uno más. – Tienes que salir a pasar –me dijo–. Si no sudas, no bajarás de peso. – Pero ya estoy haciendo una dieta severísima y no estoy comiendo mínimo de dulce –protesté, porque llevaba meses, tal vez primaveras, sin pasar y temía que si lo intentaba colapsaría en una camino como un perro sin dueño. – No baste con eso –dijo Silvia, que se había vuelto una obsesa de la ingestión, los jugos verdes, las comidas orgánicas, las dietas ultramodernas–. Tienes que valer reducido media hora. – No creo que pueda, ya tengo cincuenta abriles –le advertí. – Entonces yo te acompañaré –se ofreció ella, ampliamente. – No, no, no hace errata, prefiero valer solo –le dije, porque tenía un plan para despistarla. Posteriormente del software, ya tarde, al filo de la medianoche, Silvia me obligó a ponerme ropa deportiva y zapatillas y me despidió con un beso cargado de buenos augurios. Como tenía un plan, saqué una botella de agua y salí corriendo. Pero troté casi nada media cuadra y, cuando ya me encontraba allá de la casa, sin que ella pudiera helminto, empecé a caminar lenta, morosamente, hasta lograr a una banca cercana, en la que me eché y me puse a ver el firmamento despejado, la vidriera llena, las estrellas, mientras pensaba en títulos para mi novelística. Cuando se cumplió una hora, me puse de pie, me bañé de agua la individuo y el pecho, corrí una cuadra de regreso a casa y, al punto que Silvia me vio, aceleré la respiración, agitándome, casi jadeando, y le dije: – Mira cómo estoy sudando, huelo a chivo mal, he corrido como una bestia. – Estoy orgullosísima de ti –me dijo. – Pensé que iba a desmayarme –le dije, y subí deprisa, me encerré en el baño y me di una larga ducha en agua caliente. A la indeterminación me jacté de no activo comido un solo dulce minúsculo, ausencia de mínimo, y mi esposa me premió con besos y abrazos y, tan pronto como se quedó dormida, me descolgué de la cama, me tendí en la alfombrilla, repté cuidadosamente y, como un lagartija, un caimán hambriento, fui sacando más y más bolitas de chocolate y nueces hasta saciarme y retornar a la cama y acostarse soñando con ángeles, querubines y el capital de mi mama. Así fueron pasando los días y las noches, simulando salir a pasar, descansando en la misma banca, fingiendo estar a dieta, tragando dulces cuando Silvia dormía, y todo estaba proporcionadamente, a excepción de que, cuando me pesaba, conminado por ella, de pronto veíamos que había subido un kilo, dos kilos. – Esta báscula de mierda está malograda –me quejé amargamente–. Hay que tirarla. Ya puntada de pesarme. Tenemos que ser pacientes y quizá en un mes inicio a perder peso. – Hay poco que estamos haciendo mal –se dijo Silvia, pensativa–. Tienes que tomar más agua, quizá estás reteniendo líquidos. – Sí, sí, debe de ser que mis quince kilos de sobrepeso son pura agua –dije. – Es raro, porque regresas de pasar tan sudoroso, se supone que deberías estar botando el agua –dijo, sin entender qué pasaba conmigo. – Yo creo que estoy mal de la tiroides –dije, haciéndome la víctima–. Debe de ser un problema excretor, hormonal. Silvia me miró, pícara, y dijo: – ¿Será por eso que tienes los huevos tan hinchados? Nos reímos. Esa incertidumbre salí a pasar, me eché en la banca, me mojé con agua y regresé con la respiración acelerada, entrecortada, como si hubiera corrido una maratón de cuarenta kilómetros. Me había convertido en un simulador, un gran actor, y Silvia ni sospechaba que tanto la dieta como el adiestramiento eran puro descripción, puro humo. Hasta que una perplejidad regresé de la televisión y ella me esperaba con cara de pocos amigos. – Eres un mentiroso de lo peor –me dijo. – ¿Por qué me dices eso, mi sexo? –pregunté, manso como un corderito. Me miró con fanales encendidos, flamígeros: – Estaba haciendo la aseo en tu cuarto y hay una fila de hormigas que se meten debajo de la cama. La concha de la lora, pensé, malditas hormigas delatoras. Subimos al cuarto, me enseñó la hilera de hormigas laboriosas, puse cara de perplejidad, y dije: – Será que han hecho su casa debajo de la cama. – No te hagas el huevón –me dijo ella. Luego se agachó y sacó la caja con las pocas bolitas de nueces y chocolate que quedaban. – ¡Quién carajo ha dejado eso ahí! –protesté, a gritos, furioso. – ¡No te hagas el inocente! –gritó Silvia, indignada. – Debe de ser de Eliana, ¡yo no he puesto esos dulces allí! –dije, cobardemente, culpando a la escueto cántico colombiana, que, como yo, flaca precisamente no estaba. – Estas bolitas no son de Eliana, ¡son tuyas! –me espetó Silvia. – ¡Falso! –me desgañité–. ¡Falso de toda falsedad! ¡O son de Eliana o las hormigas chucha secas del orto las han traído cargadas hasta acá! Silvia me miró con menos enojo que pena y dijo, para sí misma: – Si serás huevón… Furioso, la emprendí contra las hormigas, pisándolas sin compasión, pero mi esposa las defendió, empujándome y llevándose la caja con las bolitas. – ¿Adónde te las llevas? –pregunté, desesperado–. ¡No se te ocurra tirarlas a la basura! Silvia se marchó deprisa, yo bajé las escaleras detrás de ella, le arrebaté la caja y salí a la calle corriendo como un demente, mientras me empujaba una abalorio tras otra, delicada operación, la de tragar y pasar a la vez, que podía costarme la vida. – ¡Ven acá, trascendental huevón! ¡Deja de engullir como un chancho! –me gritó Silvia, corriendo detrás de mí. Pero yo corría más rápido que ella, tal vez acicateando por ese envión de azúcar a la vena, y tan pronto como terminé de comerme todas las bolitas, me tiré en el pasto, al costado de la pista, jadeando, y cuando llegó mi esposa le dije: –Creo que me va a dar un infarto. –Eres un grande pelotudo –me dijo ella, riéndose, y se echó a mi costado a ver las estrellas. Sentí que la amaba.

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Desperté tarde, bajé a la cocina a tomar un enjundia de naranja y encontré a Silvia, mi esposa, que parecía de mal humor. Le di un beso y pregunté: – ¿Qué te pasa, mi aprecio? – Nulo, falta –dijo ella, sin retención, con un expresión de contrariedad que nublaba su inspección. Era evidente que estaba disgustada. – Por atención, dime –insistí. Me miró a los luceros y dijo, sin izar la voz: – Estuviste hablando toda la incertidumbre. No me dejaste reposar. – Maldición, mil disculpas –dije. No recordaba ausencia de lo que había soñado, por eso pregunté candorosamente: – ¿Y qué decía? Me miró, decepcionada, y dijo: – Mejor no te explicación. – Por amparo, dime –rogué. – Estabas hablando con Casandra –dijo, y me miró como si la hubiese traicionado. – Con Casandra, ¿mi ex esposa? –pregunté, sorprendido. – Tú sabrás mejor que yo –dijo ella, casi furiosa–. ¿O hay otra Casandra en tu vida? Preferí no reponer, no quería meterme en líos, Casandra me había escrito un par de correos insólitos en días pasados, proponiéndome un diálogo en Miami, y yo le había dicho que encantado, cuando quisiera, y por supuesto Silvia estaba al tanto de todo eso. – ¿Y qué le decía? –pregunté, con genuina curiosidad–. ¿Peleábamos? Silvia se rio sarcásticamente, me miró con perfectamente disimulado desdén y dijo: – Bueno fuera que hubieran peleado. No parecía que peleabas con ella. No sabía por dónde vendrían los tiros, pero ya era tarde para pedir un tregua. Pregunté: – ¿Y entonces qué parecía? – ¿Qué crees? –dijo Silvia, levantando la voz–. ¿Qué crees? De pronto comprendí que mi charlatanería nocturna la había privado de sus horas regulares de sueño, y tal vez por eso estaba tensa, irritada, con ganas de darme pelea. – Le decías “chupa, Casandra, chupa”. Solté una risa auténtica, no lo podía creer, tenía que ser un invento pícaro de Silvia, pero ella me seguía mirando con fanales helados, extranjeros a la ternura, así que me defendí: – Supongo que estábamos brindando, tú sabes que a Casandra le gusta mucho el caldo. – ¡No estaba tomando morapio! –se enojó Silvia–. ¿Qué crees, que soy huevona, que me chupo el dedo? – ¿Y cómo puedes estar tan segura? –pregunté, todavía sorprendido por su crispación. – Porque luego le decías “cómetela, cómetela toda”. De nuevo me reí, pero ella no me acompañó, y de inmediato un silencio opresivo se instaló entre nosotros, y entonces me replegué y dije: – Seguro le estaba invitando una enredo, mi inclinación. Es mi ex esposa, la matriz de mis hijas mayores, yo soy un buen huésped, seguramente le serví una empanadita caliente. Silvia tomó agua de una botella de plástico y dijo: – No creo que era una embrollo lo que Casandra estaba comiéndose en tu sueño. Puse cara de tonto, lo que no me supuso un gran esfuerzo, y pregunté, temeroso: – ¿Tú crees que era un sueño amoroso? – ¡Pero claro! –estalló Silvia. – Ya, mi apego, pero no te molestes, no grites, nos van a escuchar tus papás, que están en el cuarto de huéspedes. – ¡Me importa un carajo si me escuchan! –gritó Silvia–. ¡No me has dejado descansar! Decías como un mañoso “ponte en cuatro, Casandra, ponte en cuatro”. Ya no me reí, no podía ser tan cínico, me puse serio y pasé al ataque: – Eso es increíble, bebita linda. Estás inventándote todo, mi coito. Seguramente le dije “ponte el canal Cuatro”. Estábamos viendo televisión, le dije “chupa, chupa” cuando le serví un vinito, luego le calenté una embrollo y le dije “cómetela toda” y luego me senté con ella y le dije “ponte el Cuatro” para ver el noticiero o Cuarto poder. – Huevadas –dijo Silvia, impacientándose–. Puras huevadas hablas. Cuando estás despierto, hablas huevadas y cuando estás dormido, hablas puras huevadas arrechas. – Acto sexual, te juro que no he tenido un sueño amatorio con Casandra, estás alucinando mal –le dije, y traté de darle un beso, pero ella me rechazó, se alejó de mí y dijo: – ¿Y entonces por qué carajo le decías “mete el dedo, mete el dedo”? Avergonzado, ensayé una interpretación poco persuasiva: – Quizá yo estaba en la piscina y le dije mete el dedo para que tocara el agua y viera que no estaba fría. – ¡Cojudeces! –me vapuleó Silvia– ¡Como si no te conociera! ¡Estabas pidiéndole que te metiera el dedo al poto! – ¡Yo en absoluto le pediría eso a Casandrita! –me indigné–. ¡Ni en sueños se lo pediría! Silvia estaba tan molesta que pensé que me tiraría la botella de agua en la cara. – A mí no me tocas hace un mes ¡y de oscuridad eres un prometido con tu Casandrita! Luego se retiró deprisa, sin darme ocasión de disculparme. Poco a posteriori morapio a la cocina la mamá de Silvia, que había llegado de cita desde Escofina. Me pidió una computadora porque la suya no funcionaba. Subí a mi estudio, saqué una vieja laptop que ya no usaba y se la presté. Más tarde, mi esposa caldo a mi estudio y me preguntó bruscamente si le había prestado una computadora a su causa. Le dije que sí. Me miró, furiosa, y dijo: – Qué vergüenza, se me cae la cara de la vergüenza. Sin entender qué había pasado, le pedí explicaciones. Silvia me las dio al instante: – Mi religiosa quería repasar El Comercio en tu laptop, escribió la composición E y le apareció “Enanas tetonas”, una página porno. Quedé en silencio, petrificado. Silvia continuó: – Luego quiso descifrar La República, escribió la grafema L y se le abrió “La pose del helicóptero”. Las evidencias contra mí eran tan abrumadoras que no podía defenderme. – Y cuando quiso estudiar Perú21, qué crees, puso la P y le apareció “Pajazo ruso”. Cuando por fin pude articular palabras, dije, balbuceando: – Maldita computadora, debe de ser un problema del teclado. En un abrir y cerrar de ojos sonó el celular de Silvia, quien contestó, muy seria. Era su principio. Pude oír su voz de consternación: – Hijita, ahora quería acertar Caretas y puse pago C y me aparece una página de “Culitos peruanos” ¡y no sé cómo cerrarla! Comprendí que debía huir de casa a la estación de servicio más cercana, pues Silvia parecía a punto de darme una bofetón y jalarme las mechas por no dejarla descansar y luego avergonzarla en presencia de su causa con mis tardías efusiones libidinosas. Corrí a la camioneta, subí a toda prisa y me alejé de casa sin aprender si esa sombra podría retornar a tumbarse allí. Ya en la surtidor, mientras comía un helado de coco y hablaba de política con el dependiente nicaragüense, sonó el celular y contesté en un santiamén. Era Silvia. Las cosas no parecían mejorar: lo que ya iba mal podía ir peor. – Dice mi mamá que quiso ver televisión peruana en vivo, en Internet –dijo. Preferí custodiar silencio, la voz de mi esposa no parecía anunciar buenas informativo. Continuó: – Quiso ver Latina y se le abrió “La Tía Mamona”. Mucho me temo que esta sombra dormiré en un hotel, pensé. – Quiso ver América y le saltó “Asiáticas Gemelas En Cuatro”. Por poco me dicen el Tío Terrible, pensé, resignado, ¿o es que mi Silvita no sabía con quién se estaba casando? – Y quiso ver las noticiero de RPP y tu computadora la obligó a mirar la página de “Rumanas Calientes”. Estoy perdido, estoy frito, va a querer divorciarse de mí, me dije. – Y cuando trató de deletrear Trome, terminó leyendo “Trolas Depiladas”. – ¿Y alguna de esas páginas le gustó? –pregunté, haciéndome el pícaro. – ¡Vete a la puta que te parió! –me dijo mi esposa. – Es la misma señora que nos mantiene –dije, pero ella ya había cortado.

Mi causa Dorita me llamó por teléfono desde Madrid el día de su cumpleaños y me sorprendió: –He decidido que voy a retirar toda la plata que me dejó Robert en bancos de Londres. Robert, su hermano, murió a principios de abril hace cinco primaveras, y dejó parte de su fortuna a mi superiora, que lo acompañó en el momento de su crimen. –¿Y qué vas a hacer con esa plata? –pregunté–. ¿Dónde la vas a volver? –Todo lo voy a mandar a Escofina y voy a dividirlo entre mis diez hijos. De pronto llovía maná del bóveda celeste. Alegre, alborozado, dije: –¡Magnífico, qué gran aviso, no sabes la alegría que me has legado! Luego añadí: –Eres la mejor mamá del mundo, qué me haría sin ti. Dorita volvió a sorprenderme con su voz suave y, a la vez, firme: –El problema es que no sé si puedo darte tu parte, mi bienquerencia. Sentí un balde de hielo en la persona y la espalda, un ramalazo que me paralizaba. –¿Por qué, mamá? –pregunté–. ¿Me vas a desheredar como tu hermano? Robert había dejado no poco caudal a mis nueve hermanos, pero no a mí, porque no le gustaba que contase todo en mis novelas y deploraba que hiciera alarde de mis extravagancias sexuales. –Quiero darte tu parte, pero hay dos cosas que tienes que hacer para allanarme el camino, mi aprecio –dijo Dorita, con la voz bondadosa que le era habitual. –Dime, mamá, estoy a tus órdenes –dije, sumiso, porque sabía que con mis novelas y programas de televisión no ganaría en diez vidas lo que ella podía donarme, si le despejaba el camino de unos escollos que pasó a enumerar, no sé si en orden de importancia: –Primero que nulo, hijito, tienes que mezclar a tu hija Zoe. Zoe acababa de cumplir cuatro abriles y no habíamos querido bautizarla porque nosotros, sus padres, Silvia y yo, somos agnósticos, y nos parecía que sería una incoherencia casto iniciarla en una fe religiosa que no poseemos y hemos perdido. –Justamente la otra incertidumbre Silvia y yo estábamos pensando que sería precioso bautizarla –me apresuré a mentir piadosamente, en aras de allanar el camino a la donación. –Cuanto antaño, mejor –sentenció Dorita. –El problema es que en la parroquia nos ven con mala cara porque no nos hemos casado religiosamente –le advertí. –No te preocupes, ya hablé con el padre Julio y él nos va a sacramentar a Zoecita escasamente yo le diga, sin charlas ni cero. –Un bautizo exprés –dije. –Así mismo, hijito –dijo ella–. Tú sabes que yo abro muchas puertas. –Cuenta con eso, mamá. Cuando pases por Miami de regreso a Escofina, bautizamos a Zoe y tú serás la comadre. Dorita se apresuró a corregirme: –No, no, yo no quiero ser la prónuba. –¿Y eso, por qué? –pregunté. –Porque soy la abuela, pues, huevón, la abuela no puede ser la prónuba. –Como quieras, mamá –me replegué dócilmente, como un cachorrito, acostumbrado ya a sus amigables palabrotas–. La comadre será Caroline y el padrino, Jack. Caroline es mi hermana favorita; Jack, mi hermano privilegiado, ya es padrino de mi hija maduro. –Así me gusta, hijito, vamos avanzando –dijo, y oí que bostezaba. –¿Qué más debo hacer para allanar que me incluyas en la repartición del maná que caerá del Gloria? –pregunté, pensando que me diría: casarte con Silvia por la religión, cosa que estaba dispuesto a hacer en la Catedral de Fresa, hincado de rodillas, con una corona de penalidades flagelándome la cintura y el pubis por mi conducta libertina, todo fuera para que Dorita sintiera orgullo de mí y, sobre todo, no nos engañemos, dejara caer un maná en mis menguantes cuentas bancarias. –Tienes que retornar al estado de perdón –dijo ella. No entendí admisiblemente, por eso pregunté: –¿Estado de golpe? Yo me siento en estado de clemencia todos los días con Silvia y Zoe. Para mí estar vivo ya es una merced que agradezco, mamá. –No es así, hijito, no me palabrees, no seas piquito de oro conmigo –se impacientó Dorita. –¿Entonces? –pregunté. –Tienes que confesarte –dijo ella. –¿Confesarme? –pregunté, sorprendido–. ¿Con un cura? No me había confesado hacía treinta abriles fácilmente, no recordaba la última vez que lo hice, debió de ser cuando tenía dieciocho abriles y postulé a la universidad, desde entonces no le había dicho mis pecados a nadie, o a ningún religioso, tal vez en mis novelas más afiebradas se los había relatado a un disertador imaginario. –Claro, con un sacerdote –me corrigió mi causa, pues no le gustaba que dijera “cura” para mentar a un religioso en sotana. –Si me confieso, ¿me incluirás en la donación? –pregunté. –Es una promesa, como que me llamo Dorita Mary Lerner –dijo. –Dalo por hecho, mamá –me apresuré a comprometerme–. Si quieres, me confieso contigo. –No digas cojudeces, hijito, la confesión tiene que ser con un sacerdote, si no, carece de valía –me educó ella. –Mañana mismo me confieso –prometí. –¿Y cómo sé que no me vas a mentir? –se inquietó ella–. Porque contigo nunca sé cuándo me dices la verdad y cuándo estás inventando cosas. –Pues me confesaré con tu amigo, el padre Julio, y tú lo llamas y él te lo confirmará. –Muy proporcionadamente, hijito, muy correctamente, así me gusta. Por cobrar el efectivo de mi mamá, estaba dispuesto a ir a culto todos los días, confesarme todas las tardes, ser monaguillo, cantar en el coro, suceder la auxilio, rezar tres meses encerrado en una abadiato, lo que ella me ordenara, así de desesperado estaba por percibir su donativo. Esa misma tarde llamé al padre Julio, le pedí que me confesara y me dijo que me recibiría a las ocho de la perplejidad en sus oficinas. Llegué puntualmente. Me puse de rodillas delante él, nos persignamos, me dijo: –Avemaría purísima. –Sin pecado concebida. –Dime tus pecados, hijo mío. –Padre, confieso que no creo. –¿Cómo que no crees? –Soy descreído. –Entonces, ¿qué rayos haces acá? –Mi raíz me mandó. –Ya, ya. ¿Qué más? –Padre, confieso que tengo el orto como la vía de un tren. –Eso ya me lo temía. He sabio tus libros. –Padre, confieso que he comido kilómetros de poronga fina. –Ya, ya. ¿Y estás pesaroso? –Bueno, sí, pero confieso que a veces lo extraño. –Es contra naturaleza, hijo, contra naturaleza. –Padre, confieso que soy mitómano, todo lo que escribo me lo invento. –Ya, ya. ¿Qué más? –Padre, confieso que cuando hago el acto sexual con mi esposa, le pido que me meta el dedo. –¿Dónde. ¿en la boca? –No, padre, bueno fuera. En el orto. –Ya, ya. –¿Es pecado? –Sí, claro. Sigue, hijo. –Padre, ya que estamos, a veces, cuando hago el apego con mi esposa, me gusta ponerme en cuatro. –¿En qué? –En cuatro. ¿Es pecado, padre? –Creo que sí, hijo. Voy a tener que consultar con el Vaticano. Pero a primera sagacidad diría que sí. ¿Qué más? –Padre, confieso que todos los días me inserto entre ocho y diez supositorios. –¿Por qué? ¿Eres estreñido, estás constipado? –No, qué ocurrencia, padre. Por puro placer. Soy adepto al supositorio. –Ya nadie me sorprende, tratándose de ti. –Padre, confieso que… –¡No sigas, hijo mío, puntada ya! ¡Y deja de envidiar así con tu ano, por el bienquerencia de Todopoderoso! Ahora vamos a rezar juntos treinta padres nuestros y treinta avemarías, voy a absolverte. –Gracias, padre, es usted un gran tipo. Y por cortesía no le cuente a mi raíz que tengo el orto como la vía de un tren. –Ella lo sabe mejor que tú, hijo. Oremos. –¿Puedo sentarme, padre? –No, quédate de rodillas. –No es la primera vez que me arrodillo delante un hombre, padre. –¡Silencio, que no te absuelvo, chocho! –Oremos, padre, oremos.

Estando en Escofina, mi raíz Dorita decidió sobrevenir su cumpleaños número setenta y cinco en Madrid, en el área de su hermano, y por eso anunció que pasaría un par de días en Miami, visitándome camino a Madrid, así el planeo se le hacía menos tedioso. En vísperas de su partida, le pregunté si quería quedarse en el hotel caro o en el más financiero de la isla. No lo dudó, eligió el hotel de poco valor, la habitación más austera. De paso me dijo: – Van a conseguir a tu casa seis frascos de grasa de maría que he comprado en Amazon, ya sabes que me hacen maravillas en la piel y me quitan las manchas. No me sorprendió, ya sabía que mi hermana se aplicaba grasa de hierba regularmente, ya habían llegado a la casa los frascos que ella pedía cada tanto. En impacto, los seis frascos de unto de cannabis, tamaño extra espacioso, llegaron un día antiguamente de que llegase Dorita. Guardé un par para mí y dejé cuatro en la caja para ella. Dorita llegó contrariada porque había perdido su celular en el avión y recién se dio cuenta cuando estaba en la camioneta con el chofer que envié a buscarla al aeropuerto. – Una de las azafatas me ha robado el celular –me dijo, cero más al saludarnos–. Yo sé quién es. Estoy segura de que fue una chilena antipática con cara de atea, que me trató pésimo todo el revoloteo. – Ya no hay mínimo que hacer –dije, tratando de calmarla–. Compramos otro celular y punto. – ¡Cómo que ya no hay nadie que hacer! –se enojó–. Voy a clamar a quejarme y voy a recuperar mi celular, ¡aunque tenga que ir a la casa de la chilena a quitárselo a la fuerza, jalándole las mechas! –advirtió, furiosa. La llevé a una tienda en la isla, compré el mejor celular, elegí imágenes religiosas como fondo de pantalla, pero no conseguí que mejorase su humor. Estaba positivamente contrariada. Poco posteriormente, tomando el té, me confesó: – Es que tenía fotos perfectamente lindas con mi novio. Quedé perplejo: – ¿Tienes novio? –pregunté, bajando la voz. Dorita me miró con ojillos pícaros, vivarachos. – Sí –dijo–. Pero es secreto. No lo sabe nadie. – ¿Quién lo sabe? –pregunté, sin salir del asombro. – Nadie, ni siquiera él –dijo, y me reí, pensé que estaba bromeando, pero ella me miró muy seria y dijo: – Es mi novio, está enamorado de mí, pero no se ha regalado cuenta, es un poco calmoso. – Tiempo al tiempo –dije-. Luego pregunté: – ¿Quién es? ¿Cómo se fogata? ¿Qué hace? Dorita demoró la respuesta. – Es Manuel, Manuelito, mi masajista. La miré, demudado. No podía ser verdad: – ¿En serio? ¿Qué momento tiene Manuel? – Como tu Silvilín –dijo mi madre–. Veintiocho abriles. Un pichoncito. Un pan de Altísimo. Un garbo que el Señor me ha mandado. Me reí. – ¿Y de verdad crees que está enamorado de ti? –pregunté. – No tengo la pequeño duda, como que me llamo Dorita Mary Lerner viuda de Barclays –sentenció–. No sabes cómo me masajea, con qué sexo me acaricia, con qué ojitos revirados me mira. Y yo lo amo, pero no se lo puedo opinar a nadie, porque ya sabes cómo son tus hermanos. – ¿Cómo son? –pregunté. – Van a creer que Manuel me quiere solo por la plata. Y por otra parte no lo respetan porque es un hombre bronceado, del pueblo. No conocía a Manuel. Quería ver sus fotos, pero estaban en el celular perdido. – ¿Se han besado? –pregunté. – No, todavía no –dijo Dorita–. Hay que darle tiempo. Me miró como una pupila traviesa. – ¿Qué? –le dije. – Nos hemos bañado juntos en la tina –dijo. Solté una carcajada. – Pero los dos con ropa interior –matizó–. Es parte de mi terapia, no creas que Manuel es un mañoso como tú. Ayer de enriquecer la cuenta, dije: – Tenemos que recuperar el celular. Llegando a la casa, Dorita se instaló en un sillón reclinable de la sala y se quedó dormida. Aproveché para hacerme una tortilla de claras de huevo, tomates, champiñones y pinrel. Como siempre, usé su unto de maría para calentar la paila y darle un sabor peculiar a la tortilla. Estaba comiendo cuando mi causa despertó, se acercó a la cocina y preguntó: – ¿Qué comes, hijito? – Tortilla de clara. No quise decirle que había usado su óleo de maría para freírla. – Invítame, me muero de anhelo –dijo, y se sentó a mi flanco. No me quedó más remedio que servirle la centro de la tortilla de ocho huevos. Dorita comió deprisa la tortilla con maría, elogiándola sin reservas: – Es la mejor tortilla que he comido en mis setenta y cinco primaveras. Quince minutos luego, estábamos los dos echados en los sillones reclinables de la sala, los luceros tenuemente achinados, riéndonos de cualquier cosa. – Qué correctamente me ha caído esa tortilla –dijo mi madre–. Me ha mejorado mucho el humor. No quise explicarle que yo usaba su unto de mariguana no para untármelo en la piel sino para cocinar y ponerme risueño. – Dame tu celular –me pidió, con ademán travieso. – ¿A quién vas a avisar? –pregunté. – A mi novio –dijo ella. En objetivo, marcó unos números que sabía de memoria, debía de llamarlo a menudo, me hizo activar la función de altavoz, y al instante dijo: – Manuelito, hola, soy Dorita, tu jefa. Se oyó la voz sorprendida de su masajista: – Señora Dorita, qué inclinación, cómo le va. – ¿Has ido a culto hoy? – Sí, señora, claro, y he rezado por usted. – Muy acertadamente, muy admisiblemente. ¿Me extrañas? – Muchísimo, señora. – Yo igualmente te extraño, Manuel. ¿Quieres ir a Madrid a darme el reunión para tener lugar juntos mi santo? – Claro, señora, sería lindísimo. – Y a posteriori nos vamos de espejo de miel a París –dijo Dorita, y soltó una carcajada. – ¿Cómo está su vitalidad? –preguntó él. – Mal, muy mal –exageró Dorita–. Muy tensa. Necesito tus manos, cholo. Necesito que me ajoches válido los nudos de los nerviosismo. Lo que más extraño es darme un buen baño de tina contigo y que me hagas masajes ricos en la espalda. – En Madrid, si así lo desea, nos metemos en la tina, señora –prometió Manuel. – Y en París igualmente –se entusiasmó Dorita–. Chau, cholo, chau, ya te llamo a posteriori, mándame por Internet todas nuestras fotos, que se me ha perdido mi celular, me lo robó una chilena atea. Dorita cortó la citación y me dijo: – Mi cholo recia me hace reparar una mujer. Luego se puso de pie y empezó a quitarse la ropa. – ¿Qué haces, mamá? –pregunté, sorprendido. – Vamos a bañarnos a la piscina, pues, huevón –me dijo ella–. Desahuévate, Jaime: nos bañamos yo en calzón y sostén y tú, en calzoncillos. Así mismo entramos en la piscina. Dorita parecía la mujer más adecuado del mundo. – ¿En quién piensas, mamá? –pregunté–. ¿En tu novio? – No me interrumpas, hijito, que estoy haciendo pila –dijo ella. Al salir de la piscina, me dio frío. Por eso decidí quitarme la ropa de baño detrás de una tumbona, así mi mamá no me veía desnudo. Pero ella, cubierta por una toalla, se asomó, pícara, desinhibida, revoltosa, y quiso espiarme sin ropa. De inmediato soltó una carcajada. – ¿De qué te ríes? –le pregunté, avergonzado porque me había gastado desnudo. – Se te ha achicado el pipilín –dijo Dorita, riéndose–. Tienes un chizito. De inmaduro lo tenías más vasto. Me quedé callado, sin conocer qué aseverar. No reconocía a mi superiora. El grasa de mariguana le había caído perfectamente. – Debe ser que no lo usas nunca –dijo, riéndose como una pupila, y se metió de envés en la piscina.

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